Fui perdiendo la cordura a medida que pasaba el tiempo y que las noticias tuyas no llegaban. fui perdiendo la razón y la dulzura de las margaritas me eran tan poca cosa comparadas con los aires del fuego que me provocabas. Fui perdiendo la fuerza que me desprendía y sentía que me iba consumiendo las horas. El tiempo fue mi enemigo, mi nostalgia, mi desesperación e hice un llamado de auxilio a la luna. Le pregunté varias veces el por qué el chello parecía que no era el mismo. Me llenaba por dentro como si escuchará tu voz firme y al mismo tiempo suave y detonante de mis sentidos. No podía parar la sensación de agobio y la pesadez lleno los vasos de agua fría. El silencio tuyo era desesperación, locura, un abismo infinito que se repetía con el lapso de los días. Me hundía y otras veces, yo misma me lanzaba un chaleco salvavidas para no ahogarme en la pena de no saber de ti. Mi llanto me ahogaba y me hacía invitaciones. Intentaba con todas mis fuerzas callar la tristeza con las pinturas tuyas y las cartas pasadas.
Debía llegar el momento en que tu carta llegara mis manos, pero ésta estaba decidida a hacerme aprender la lección. La paciencia no era un gran aliado y la música por dentro a veces, se apagaba. Te llevaba tan hondo y tan atado a mi corazón.
Tuve tanto miedo sentarme bajo el roble y no encontrar tu mano; sólo a veces necesito saber que tu mano está ahí disponible para que me cargues con alegría y gozo. Tu última carta decía que, sabías que estábamos tan lejos uno del otro y que, si el espacio es tan grande y da cabida para que todos los planetas estén juntos, tú y yo podríamos viajar a través del espacio y tener nuestros corazones enlazados en un sólo latido por los minutos que fueran necesarios.
Hipnotizados por el fuego eterno de aquélla diosa que casi nos obligo a ceder el helado de chocolate sin saber que ése sabor se iba a extinguir de la faz de la tierra. Prometimos guardar nuestras cartas de amor y pensar uno en el otro y así lo fui haciendo todo el tiempo antes de dormir e imaginar cuando el reloj dieran las diez para dedicarte mi poesía.
La Sirena miro el cielo y dijo en voz alta -El mundo no es tan grande, sé que te encontraría. Soy muy decidida y sé que si me lo propongo, lo encontraría por más que estuviese escondido mi príncipe. no tengo ya nada qué perder por que con él lo perdí todo - . El cielo la escuchó y dibujo una nueva estrella en el firmamento. Brilló y cayó con la suavidad de una pluma y, se la dio a su amigo el dragón.

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