Las estrellas te echaron de menos y la luna se escondió de los sueños. A quién podían dedicar su luz y su armonía. El sol despertó cuando una suave brisa acarició el horizonte y el clarinete lo saludó para ir a esconderse. Las llamas de color envolvieron a la luna y presagió que nuestro amor se quedaría en los últimos segundos de aquélla llamarada de color. Decidí observar tanto tiempo como pude mientras Bach estuviera ocupado con su melodía metafórica y la lluvia apareció como bailarinas alrededor de un pañuelo. Decidí pintar con alegría y pasión aquél momento sublime para contarte cómo es que trajiste la primavera a las hojas que parecían marchitas.
Te lloré y te pensé. Te medité y reflexioné. Te quise llevar al cielo y acariciar las constelaciones. Te quise llevar a la luna y ver el espacio con tu mano enlazada a la mía. Te quise llevar a que acariciarás la suavidad de mi corazón y no me detuviste. Quisiste que avanzara la poesía que emanaba de mi alma y seguir dedicándote las noches sin orquestas y bajo el polvo del cometa. Te quise llevar por las mañanas a mis parques y sus fuentes. Te quise llevar a un lado para ir en búsqueda de lugares e inventar las rimas. Te dediqué mi llanto y mil noches sin estrellas. Te siguieron echando de menos pero no estabas. Quisiste inventar la cura de los males y, sólo encontré el vacío de la impaciencia y decidí guardarte en mi memoria para siempre.
No interrumpí la velocidad de tu tiempo. Nos escribimos sin nunca despedirnos. Nunca obligaste a mis impulsos ni cortaste el ímpetu de mi juventud. Yo decidí darte la varita mágica para que recorrieras los caminos discretos del pasado que siempre fue un presente para ti. Nunca tuve intenciones de huir de semejante plaza. Sólo deseé que el espacio se redujera para contarte secretos. Te ofrecí mis sentidos y, no intentaron escapar para seguir hablándote del por qué los cerezos son tan hermosos. A la vida no le bastó con hacer travesuras; se comió el tiempo y yo sigo esperándote a volver a verte.
Príncipe, dónde estás y qué estás haciendo ahora, dijo la Sirena. Su llanto atravesó el bosque entero y, sus lágrimas formaron un río entero y, éste se convirtió en un mar. Alguien pasó y creyó que era agua, lo bebió y sintió una inmensa tristeza que fue en búsqueda de aquél sonido que lograba escuchar. El llanto de la Sirena se impregnó en los árboles, en las flores, en los animales. Todos sintieron profunda tristeza por ella y saber que había perdido a un príncipe. Su amigo el dragón, también lloraba y le dijo que lo dejará que, él sabía que nunca aprendería a volar. La Sirenita le pidió al águila que fuera su amigo y le enseñará el valor.

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