Pidió con tantas fuerzas a Dios volver a encontrarlo y poder abrir una puerta con la misma facilidad con la que se carga una pequeña roca para poder volverlo a ver y, nadie la escuchó. Gritó, lloró, maldijo y pidió culpables. Necesitaba saber quién había decidió jugar con su vida. Había caminado más de cien pasos para poder abrazarlo y saber que no había sido un sueño y, no valieron los cien pasos. No lo encontró. No había pistas y cuando supo donde encontrarlo, no tuvo el valor para llamarlo por su nombre. Rezó con tantas fuerzas y pidió a todos los santos que conocía que se lo arrancarán del alma porque ya habían pasado muchos meses. Cuando lo encontró e intercambiaron cartas, fueron las palabras más dulces y las guardar todas. Hizo una larga lista de cosas para poder decir y, lo único que podía hacer, era no olvidar respirar. Leía y sentía que lograba escucharlo. Sólo lo había escuchado una sola vez y repentinamente olvidaba cuál era su voz. La guardaba en una cajita detrás de la pared y, llegó un momento que la pared sintió envidia de aquella voz guardada y la congeló en un lugar sin nombre.
Debí preguntarte cuál era tu película favorita, si te gusta la primavera o el invierno. Debí decirte cuáles eran mis sueños aunque se escucharán muy locos e inalcanzables. Debí invitarte a caminar bajo la luz de la luna, comer unas palomitas mientras te enseñaba mis fotos fuera de foco y mostrarte los tesoros que guardo bajo mi cama, pero no lo hice. Deseaba comerme el mundo a tu lado. Ver hasta dónde nos alcanzaba la gasolina y los deseos de acabarnos la carretera no bastaron.
Me gustan los días de otoño. Ver cómo los árboles cambian sus vestidos verdes y lo cambian poco a poco. Me gusta ver en el invierno cómo a las últimas hojas se aferran a seguir un poco pegaditas e insisten en no soltarse. Desearía que camináramos juntos de la mano mientras hace un poco de frío y tu cuerpo se pega junto al mío para darme calor y, me dices alguno de tus chistes. Me hubiera gustado que nos diéramos nuestro primer beso cuando las estrellas se hubieran alineado y un eclipse apareciera para que me llenarás el alma entera y, mi mundo fuera todo tuyo y, un largo y profundo suspiro saliera de mi pecho. Te puedes imaginar nuestros labios unidos y saber que debieron estar así durante todo este tiempo. No quiero recordar sólo las sombras. Quiero recoger los sentimientos que cosechaste por mi e impresionarme por que no podía compararlos con nada.
Te escribí más de cuatrocientos poemas. Me llevó años en escribirlas y sólo pensaba en entregártelas y que de una vez por todas supieras qué es lo que siento y nunca te lo dije por que el tiempo nos devoró y el miedo se hizo presente. Tuve tanto miedo de entregártelo y que te rieras de mi y, ahí iba de nuevo, corriendo a la iglesia a pedirle a los ángeles que se llevaran mis secretos lejos a donde nadie pudiera encontrar mi corazón y, no deseaba que nadie me tocara los labios por temor a que no llegarán puros a los tuyos. Aún no sé si me equivoqué, créeme, mis labios nadie los tocó y tampoco mi corazón. Se cerró para siempre cuando tú caminaste

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