lunes, 21 de marzo de 2022

Piano con polvo interestelar



Todo esto es lo que siempre imaginé que pasaría. Todo lo que no te dije y que debí de decirte. Lo que imaginé y construí y no fue, no pasó. Todas estas palabras debí obligarme a decirte y no lo hice.


Han pasado más de doce años y a veces, creo que sigo siendo aquella chica que te conoció en un cruce de caminos, aquél cruce donde tus largos brazos de sujetaron para no dejarme caer. Fue como una película y, todo esto no hubiera sido posible si aquél hombre no me hubiera partido el corazón en añicos. Ahora, le agradezco, si no hubiera sido por que me despreció,  yo no te hubiera conocido. Pasó todo tan de repente y, cinco minutos me dieron para llevarte en todo mi corazón. Te he dedicado tantas lunas, insomnios, sueños y he intentado remplazarte con aquél amor que nada puede igualar. Catorce años no me han sido suficientes. 

Amo completamente ésa tarde de octubre donde encontré tus ojos y me mostraron cómo puede ser el mundo tan maravilloso. En tres segundos  te dediqué mi libro de poemas y, las notas de un piano empolvado. Amo por completo aquél bendito día, el ruido, la música que nos rodeaba y tú escribiendo en una papel manchado para que pudiéramos encontrarnos por el mundo. Me quedaron cortos los segundos para poder guardar con exactitud tu imagen en mi memoria; hubiera podido ir hasta un mundo donde el tiempo se hubiera detenido para simplemente, observarte.

Los días siguientes mi corazón latía por ti. Deseaba gritar al mundo que te había conocido y que, el destino nos había guardado para ése momento exacto y nuestros brazos se encontrarán. Esperé pacientemente para buscarte. Tú empezabas tu aventura por el mundo. Te lo querías comer a bocados grandes y yo no deseaba detener tus ímpetus por conocerlo. Hubiera podido cargarte las maletas o el alma entera para aventurarme junto a ti y, conocer todo lo que se ve y se lee por medio de libros y de historias de aventuras. Planeaba un viaje hacia la luna. Llevar sándwiches de crema de cacahuate con mermelada e izar nuestra bandera de conquistadores. Sería una odisea intentar hacernos fotografías porque yo desearía hacerte millones de fotos y tú, estarías estupendo con sólo y únicamente tu maravillosa y tierna sonrisa. Sonrisa en la cual hubiera deseado morir desde el alba hasta  año nuevo. 

No podía detener tus deseos vestirnos de vaqueros, ir disfrazados por las carreteras y sentarnos en diversos muelles viendo cómo pasa el tiempo hasta el anochecer. Mis obligaciones tenían horario y lugar y tenías unas alas majestuosas que debían ser usadas. Amé tu libertad y aún cuando no te acompañé a salvar el mundo ni descubrir un nuevos mundos. Sé que en tu máquina del tiempo, la usaste miles de veces para volver a aquél momento donde tus brazos se extendieron y me recogieron del aire. Juro que te vi cientos de veces en mis sueños. Un hombre alto, rubio y con una mochila en sus espaldas. Deteniéndose a cada instante a observar los paisajes y la flora cuando se descubrió siendo observada por ti, floreció y abarcó con su perfume hasta la costa para que llegará hacia mi balcón.


Ella no me permitió. Usó un grillete y lo colocó en mi tobillo. Ella no sabía que mi corazón era inocente y no sabía que el amor se puede encontrar a la vuelta de la esquina, donde el otoño te permite ilusionarte y esperar con ansias las galletas de mantequilla para que las compartiéramos en la sala de tu casa o en mi chimenea. Todo hubiera sido tan diferente y fácil si ella no hubiera colocado ésas cadenas de desamor. Todo lo que sabía de ti me lo traía el viento. Chico, yo te esperaba a través de mi ventana y que me contarás cómo era el mundo y saber más de ti para seguir escribiendo nuestro libro de aventuras hasta que pudiéramos ir a la luna y enterrarlo, mientras veíamos pasar el sol cientos de veces.

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