jueves, 24 de marzo de 2022

Guardar en la memoria los tramos de juventud.

 




La siguiente carta que leí derritió mi alma. El corazón saltó de mi pecho; necesitabas que te dijera las palabras necesarias para que continuarás el camino. Mi tierna timidez no me lo permitía, no deseaba que te detuvieras. El corazón era más suave que las nubes y estaba intentando sobrevivir al espacio que nos dividía. Pediste por favor y no me negué. 

Unos abrazos cálidos salieron como si fueran mariposas y tus besos suaves llegaron a posarse sobre mi cuello contándome secretos prohibidos y me provocaron cosquillas. En el siguiente párrafo describiste cuánto te gustaban mis ojos y que, extrañabas que te observarán mientras te veía arrancar flores para mi. Puse la melodía que te encanta por que así me lo pediste; deseabas que existiera un poco de ambiente para que leyera tu aventura. Pasaste justo por unos manglares que tenían unas vistas maravillosas, te hubiera gustado observarlas detenidamente con tus prismáticos pero las nubes  parecían estar tan cerca no te permitieron observar como te hubiera gustado. Miraste hacia el cielo y dices que gritaste con todas tus fuerzas mi nombre y me pediste que me casara contigo y que empezaron a caer pequeñas gotas de lluvia y pensaste que te había dado como respuesta un sí. Estoy segura que si mi padre te hubiera escuchado, te hubiera pedido que guardarás un poco de compostura a tus arrebatos juveniles. Me he sonrojado un poco al leerlo, espero que no me pregunté la tía Cleotilde cuál es el motivo por que todo lo quiere saber y jura que lo que leo es inmoral. 

Has llegado hasta las Cataratas de Pulhapanzak, has dicho que su agua es tan cristalina y tan pura, como tus sentimientos hacia mí. Dices que están tan escondidas y, las encontraste por que llamó tu atención que había pequeños montículos  y un camino empedrado que brillaba bajo el sol. Decidiste arriesgarte a seguirlo y ver lo que escondía. Encontraste aquél lugar que parecía que había sido centro de una antigua cultura. Que sería una lástima si un día alguien se le ocurriera la idea de edificar o contar sobre aquél paraíso. Me reí un poco cuando has dicho que por error dejaste tu mochila recargada en lo que creíste que era una piedra  rugosa y resultó ser un jabalí de collar. Que se le quedó atorada una asa de la mochila en una pata y cuando estuvo a punto de liberar su almizcle, le dijiste lo que ocurría y el pobre se disculpo. Iba con prisa y no alcanzaste a escuchar lo que dijo pero llevaba entre las patas la mochila y adentro, el guardapelo que te había dado. Fuiste detrás de él y enlodándote por todo el camino. Comenzó a llover y seguiste. La esposa del jabalí estaba de parto y viste como fueron saliendo de uno en uno sus bebés. Fuiste rápidamente en búsqueda de frutos y pastos para poder alimentar después a la madre, antes de que las fuertes lluvias no te permitieran salir a recolectar. El señor jabalí fue padre de cuatrillizos y, has dicho que estuviste presente justo cuando la bebé jabalí estaba llorando. El momento fue tan emotivo que te salieron lágrimas al ver una familia tan hermosa. 

Querido, tus aventuras son alegría para mi pecho. No deseo más que, sigas en búsqueda de aquello que tanto ansias. Aquí seguirás teniendo mi tinta en el papel para decir que yo sí me perdí en tus ojos y no deseo encontrar la salida y, sólo lo que pienso es en disfrutar de tus abrazos, aunque la tía Cleotilde insista que no es manera de comportarme. 

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