El corazón latió con tanta fuerza que creí que se saldría del pecho. Una tintineo a lo lejos que me hizo girar la cabeza; se hizo el silencio y una flauta sutil a lo lejos se escuchó. Unos camellos danzando, dejando descubierto el vientre y sus ojos tapados con una ligera tela. Din dang movían sus caderas a un lado y a otro. Las piernas bajan y subían. La flauta se escuchó un poco más fuerte y un trombón a lo lejos. Empezó un recital de sonidos maravillosos. Ding dan ding dang ... pum! Venía una margarita que se notaba que era amable con un tutú de colores que combinaba con sus zapatillas. Daba giros en el aire y se posaba encima en tu nariz. Comencé a sentir tanta felicidad que parecía que levitaba. El sonido se elevó así como mis latidos. Más rápido, más rápido, violines, trombos, un disco que hacía chin chan. La flauta aparecía de nuevo, creo que era el que llevaba la batuta del ritmo. Los camellos regresaron en patines y con un traje primaveral. Una arpa apareció y las estrellas también. La Sirena se talló los ojos y la invitaron a bailar. Piruetas en el aire hacía el dragón. No se sabía si era un sueño, pero el dragón bailaba a un lado de los camellos que le hacían invitaciones para tirarse a bailar encima de una nebulosa.
Un trombón, violines, flautas y tambores, todos en una misma unión y cortos se hacían los segundos. Dari dara, en medio de la pista unas avestruces con sus faldones elegantes bailando con leopardos vestidos con trajes blancos y sombreros de copa. El trombón con fuerza y elevaban por el aire a las armónicas avestruces que lucían ligeras y de puntitas daban giros. El salón brillaba y la música no dejaba de sonar. Servían cócteles de frutas y helados de sabores nunca inventados. El vals de Strauss no había hecho más que empezar. Las señoritas hipos con patines que tenían luces color morado iluminaban la pista; hacían circulos en la pista y la música sonó con mucha más fuerza. Unos chimpancés lanzaron confetis de colores y, se deslizaron por los candiles, haciendo acrobacias y giros por el aire. Fuegos de colores se abrían en el aire y, era como si la noche se hubiera transformado de una fría galaxia a una lluvia que empezaba con una flauta. Chispas y destellos iluminaron el salón de fiestas. El corazón latía con fuerza y una magia misteriosa de felicidad inundó por segundos que se hicieron eternos. Un bucle de música en el el que no había más sonidos más que los de Strauss y Chaikovsky.

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