Teníamos un juego cuando mandabas tus cartas. Deseabas que adivinara el lugar que recorrías, decías "Centroamérica" y yo debía dar mi respuesta en la siguiente carta. Tus palabras dulces se me metían por los poros; pues mi corazón no era de piedra. Relajabas mi ansiedad y me otorgabas la tranquilidad y la libertad en cada palabra.
Tengo deseos inmensos por contarte que fui al observatorio. Un amigo de papá está confeccionando un gran catálogo estelar. Me dijo con total seguridad que si descubría algún objeto celeste podría ponerle el nombre que yo eligiera. Recordé aquélla noche estrellada en la que salimos a caminar y deseamos contar cuántas estrellas habría en el firmamento y se nos fueron los suspiros al contemplarlas.
Príncipe, mientras tú lees esta carta yo he descubierto un planeta enano, y es el objeto astronómico más grande del cinturón de asteroides; le bauticé con el nombre de Ceres. He querido que tenga las letras de tu nombre secretamente. Mister Piazzi me explicó que existe una gran posibilidad de que tenga un manto de hielo y un océano abajo de ésa capa. Tuve la maravillosa sensación de querer dar un paseo con el primer coche de Marcus y muero por saber si podríamos patinar e intentar hacer burbujas de colores con las emisiones de vapor de agua.
Príncipe, crees que podríamos ver una horda de cometas y perseguirlas hasta que hayan perdido casi todo su polvo. Imagino cómo sería la pista de hielo de Ceres y ahí te veo, con tu bendita sonrisa e intentando convencer a la tía Cleotilde de acompañarle en el trineo. Príncipe, tuyos son los sonidos que desprende mi corazón y los suspiros con mis sueños forman una alegre melodía que me acompañan en mis noches de desvelo. Tuya es la tinta de mi pluma y mis ansias por volver a verte a los ojos y saber que el tiempo se ha congelado y nuestros corazones conviertan el cielo en una hermosa confitería

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